viernes, 16 de agosto de 2019

ARDILLAS, RATONES Y TOPOS EN LA CALIFORNIA



Autor: Sealtiel Enciso Pérez

Nuestra tierra californiana es generosa en vida silvestre. Cuando las primeras bandas de seres humanos llegaron a nuestra península, hace más de 14 mil años, encontraron una gran diversidad de animales y plantas, muchos de ellos ya extintos o evolucionados en otras criaturas en la actualidad. Cuando llegaron los primeros colonos europeos encontraron estas especies, nuevas para ellos ya que eran desconocidas tanto en el viejo continente como en el resto de la Nueva España. El Sacerdote Miguel del Barco nos dejó para la posteridad sendos escritos en su libro “Historia Natural y Crónica De La Antigua California” en los cuales reseña a algunas especies como a continuación transcribo:

“En algunos territorios abundan mucho las ardillas. Este es un animalito como un palmo de largo, y proporcionadamente grueso; el pelo es de color pardo con alguna ligera mezcla de blanco. La cola es larga y más peluda que el cuerpo. Hacen su cueva en la tierra pero debajo de alguna gran piedra, como para tener un techo seguro. Su modo de comer es gracioso, como el de las monas. Se sientan y con una o con las dos manos llevan la comida a la boca. Comen toda especie de frutas y de frutos en que hacen no poco daño; principalmente si hallan entrada a la troje donde se guarda el maíz, hurtan mucho. Los que han comido ardilla dicen que es buena carne. Los indios la comen con gusto. Habiendo yo visto en una ocasión que acababan de asar una en un asador de palo, (como hacen ya algunas veces los más cultos), viéndola con color de bien asada, me pareció un buen gazapo; y aunque no llegué a tener ganas de comer aquella ni otra ardilla, perdí en gran parte la aprensión contra tal comida; de suerte que después sin dificultad la hubiera comido en alguna necesidad.



Demás de éstas hay otra especie de ardillas, mucho más pequeñas, que las ya dichas. Lo grueso de su cuerpo no excede, (o será poco), al de un ratón; mas, en lo largo es como dos ratones puestos uno tras de otro. El color es como el de la ardilla grande pero tiene en la espalda unas listas casi blancas y otras de un pardo oscuro casi negro; el pelo es corto y más suave y lucio que el de las grandes. Suelen los indios, cuando cogen una de estas pequeñas ardillas, darlas a sus hijuelos desde que son como de un año para que se entretengan moseándolas; pero tienen la precaución de arrancarlas primero los dientes para que no muerdan y atarlas con un cordelillo para que no se vayan. Lo mismo suelen hacer con las lagartijas y con una especie de culebrillas muy pequeñas. Y como se crían los niños manejando tales sabandijas, nunca tienen horror, cuando adultos, de manosearlas.



Aún más regalada que la carne de las ardillas es para los indios la de las ratas, que dicen ser muy tierna y blanca; y por eso cuando tienen ocasión de matar alguna, no la pierden; mas como ellas poco andan de día, no tienen los indios ocasión de matar muchas, como quisieran. En todas partes, poblados y despoblados, hay grande abundancia de ratones, con las propiedades que tienen en todas partes. Lo particular que se halla en éstos de la California es el tener dos bolsas más abajo de las orejas, y cerca de la boca, una en cada lado, y son de una membrana a modo de vejiga ovalada del tamaño de un huevo de paloma o quizás más largas. Estas bolsas les sirven como de alforjas para trasladar a sus cuevas o a otras partes lo que hurtan o hallan; porque dichas bolsas tienen comunicación con la boca y, lo que toman con ésta, lo van depositando en aquéllas. Cuando no las necesitan, las tienen recogidas y arrugadas de suerte que no se echan de ver.



Algunas veces los muchachos por travesura, cuando han cogido un ratón después de muerto, le soplan en la boca, y el aire se encamina también a las bolsas, con lo cual se extienden, se hinchan, y se dejan ver como son, haciendo el ratón una figura ridícula con tales y tan grandes pendientes respecto de su pequeño cuerpo. Habiendo visto esto, dejé ya de admirarme de que en una sola noche pudiesen hurtar tanto maíz, trigo y otras cosas; pues tienen tan buenas alforjas para cargarlo y, vaciándolas en su cueva, volver por más en varios viajes.



Hay también tuzas, que son como el topo, pero con ojos, las cuales de ordinario están bajo la superficie de la tierra comiendo raíces”.

Bibliografía:

HISTORIA NATURAL Y CRÓNICA DE LA ANTIGUA CALIFORNIA - MIGUEL DEL BARCO

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