viernes, 16 de agosto de 2019

CARACTERÍSTICAS DE LOS INDÍGENAS COCHIMÍES EN LA MISIÓN DE SAN LUIS GONZAGA, B.C.S.




Autor: Sealtiel Enciso Pérez

Realmente sorprendente es poder encontrar, en algunos libros de historia de la California ancestral, relatos sobre cómo eran los indígenas que poblaron estas tierras. Sus características físicas, sus costumbres, su vestimenta y en general todo aquello que realizaban en su azarosa y complicada vida. Afortunadamente para nosotros, los Sacerdotes Jesuitas nos dejaron una buena colección de documentos que narran con lujo de detalles la existencia cotidiana de estos grupos étnicos. En el caso que aquí nos ocupa analizaremos lo que nos legó el Padre Juan Jacobo Baegert durante los 17 largos y solitarios años que vivió entre las rancherías de Cochimíes en la Misión de San Luis Gonzaga.



Cuenta el sacerdote Baegert que los indígenas California a primera vista parecían seres infrahumanos y que carecían de facultades mentales que les sirvieran para adaptarse a la vida “civilizada”, sin embargo da cuenta que esto es falso ya que pudo conocer a indígenas que eran capaces de aprender un oficio con igual o mejor destreza que una “gente de razón” y que si los indios californios tuvieran la oportunidad de ser educados en Europa no habría diferencia alguna entre ellos y la gente que ahí vive. Sin embargo también aclara que conoció cochimíes que en su juventud eran mucho más inteligentes que cuando los volvió a ver ya como adultos. “Por consiguiente, han recibido de Dios y la naturaleza sus dones y talentos, solo que estos, por falta de ejercicio, quedan enmohecidos y se enmohecen cada día más”, concluye.



Cosa curiosa fue la explicación que dio el sacerdote al origen de esta incipiente inteligencia: “Tal vez contribuye a este hecho, además de su modo bestial de vivir, el que, desde que nacen, llevan la cabeza siempre descubierta, no solo durante el frío de las noches, sino también bajo el bárbaro calor del día”. Para un eurocentrista era muy difícil comprender que las habilidades que ellos valoraban en un ser humano como era la lectura, la escritura e incluso el aprendizaje de “rezos”, no tenían la menor importancia para una civilización que día a día tenía que luchar en el desierto por la búsqueda de alimentos y que habían desarrollado una serie de habilidades como identificar a los animales por sus huellas, ser capaces de rastrearlos por muchos kilómetros y darle muerte con tan sólo unos dardos de madera y piedra. Eso sí era importante para ellos.

Juan Jacobo describe la imposibilidad de la mayoría de estos indígenas de poder contar más allá del número cinco, y atribuye esta deficiencia a que no poseían algo que valiera la pena contar. Hace la siguiente reflexión al respecto de lo que comentamos “Les importa bien poco que el año tenga seis o doce meses o el mes tres o treinta días, porque entre ellos siempre es día de fiesta o San Lunes. Tampoco les importa que tengan un niño o ninguno o dos o doce, porque doce ni les cuestan más ni les originan más trabajo que dos, y porque la herencia que corresponde a cada hijo, no disminuye en lo más mínimo por lo numeroso de fracasar un matrimonio y poder pasar la novia a otro”.



Para el jesuita resultaban contradictorios los sentimientos de miedo y valor entre los que iban y venían los indígenas que conoció. Por un lado eran capaces de encaramarse a cardones sumamente altos sin importarles su fragilidad, de nadar distancias de 2 o 3 horas mar adentro, de montar caballos apenas amaestrados y de trepar a andamios de construcciones que parecía que se caerían de un momento a otro, sin embargo un grupo de 40 o 50 indígenas temblaba ante el sonido del disparo de una escopeta, por lo que un grupo de 10 o 12 soldados era suficiente para dominar a 100 o 200 de estos cochimíes.

Algo que le resultó sumamente desagradable y no dejaba de asombrarlo era la renuencia de los indígenas de aprender y utilizar alguna regla de cortesía hacia quien se dirigían a ellos. No importaba los regalos que les diera o si su interlocutor era un hombre importante o de respeto, los cochimíes no demostraban ninguna forma de cortesía. Si platicaban con ellos éstos lo hacían sentados o tirados en el suelo sin apenas levantar la mirada hacia quien les hablaba. Al hacerles regalos simplemente los tomaban y daban la media vuelta sin tener la menor cordialidad de dar las gracias. A duras penas el Sacerdote Baegert logró enseñar a sus indios convertidos a que dijeran cuando se les obsequiaba algo “Dios se lo pague” de muy mala gana, y apenas una pequeña reverencia o inclinación de despedida.



Finalmente el sacerdote Baeger hace una interesante disertación sobre la nula presencia del sentimiento de “vergüenza” o “avergonzarse” entre los cochimíes. Menciona que así hubiera dado muerte uno de ellos a los padres o hermanos de otro, era capaz de entrar tan campante y con la frente en alto a la casa de la familia ofendida, y no por que quisiera humillarlos, sino porque simplemente no tenía el menor sentimiento de arrepentimiento o vergüenza por lo que hizo. Innumerables fueron las veces en que el sacerdote pudo observar cómo sus cocineros indígenas robaban pedazos de carne enfrente de él sin el menor empacho, incluso cada vez que salía de su sacristía tenía que dejar bajo buen recaudo sus alimentos, ostias e incluso su ropa ya que si dejaba algo sin guardar era hurtado por los neófitos. No importaba cuántas veces les hablara a los indígenas sobre la importancia de que cuidaran a las reses y demás animales de la misión ya que posteriormente les darían leche, carne y muchas comodidades más; cada vez que sacrificaban a una o más reces, bajo la piel encontraban entre 10 o 12 puntas de flechas que los mismos indígenas les habían clavado buscando matarlas y comérselas pese a las amenazas del sacerdote. Incluso Baeger menciona que los indígenas robaban cosas que no utilizaban, como el jabón por ejemplo, y sentía que lo hacían por el simple gusto que les daba el poder hacerlo.



Interesante resulta el conocer estos datos y más proviniendo de la pluma de un hombre que si bien no fue el que mejor se refirió a los indígenas y la tierra californiana, por lo menos fue de los más sinceros y certero en sus descripciones. Sirvan estos breves apuntes como un acicate para motivar al lector a conocer más sobre esta tierra Californiana.

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